martes, mayo 08, 2007

La Fuerza de la Sangre

Estaba ordenando algunos de mis archivos en mi PC, y en una de las carpetas encontré un documento que había escrito y cuyo paradero lo hallaba perdido por un buen tiempo. No recuerdo en qué circunstancias lo digité pero debe haber sido un sábado de regreso a casa, en uno de esos extenuantes días de trabajo en el que estuve inmerso el año pasado.
Posteo el archivo tal cual lo encontré, con pequeñísimos cambios, y se lo dedico a mi madre a propósito de su día.

Hoy al llegar a casa después de un día bastante agotador, encontré a mi madre jugando al ajedrez con mi sobrino de 11 años en la mesa del comedor. Vladimiro es su nombre y es de contextura delgada como todos en mi familia. Muchos coinciden que se parece bastante a mi hermano Raúl, lo cual no sé hasta que punto puede considerarse un halago o una resignación. Otros sin embargo dicen que se parece a mi padre lo cual es bastante más esperanzador. Aquel niño, hoy todo un adolescente, fue el primero que convirtió en abuelos a mis padres, y por su puesto a mí y cada uno de mis hermanos en tíos. Mi padre como era de esperarse nunca se hizo problema por el nuevo estatus que adquirió desde aquel día, es más, le llegó a encantar con qué inocencia pronunciaba aquel niño la frase “abuelito Colca” cada vez que lo veía. Con mi madre en cambio la relación fue algo diferente, nunca estuvo dispuesta aceptar esa nueva condición y se las ingenió para que el pequeño le comenzara a llamar “profesora” desde temprana edad. Aunque hasta ahora ella alardea sobre lo espontáneo de aquel suceso, pero lo cierto es que mi hermano la sorprendió en una oportunidad al escuchar decirle a su nieto a manera de “sugerencia” que lo correcto era que le llamase profesora en vez de abuela o abuelita. Consejo que puso en práctica desde entonces.
Han trascurrido los años y ahora ese niño se ha convertido en el hincha número uno de mi madre. Sobre todo de su comida. Lo cual causa extrañeza sobre todo en mi hermano que siempre ha calificado a las comidas de mi madre como de “Emergencia”. Cada vez que nos visita parece venir preparado con un adjetivo nuevo con que adornar la merienda que mi madre ha cocinado. La última si más no recuerdo fue cuando dijo delante de todos, en el almuerzo, que “La profesora hacía unas comidas deliciosas”, razón que me llevó a pensar cómo cocinaría su madre, o sea mi hermana, para que sintiera la comida de mi madre como unos de los más suculentos potajes que jamás en su vida había probado.
Mi madre siempre ha sido una mujer difícil de carácter, con características inusuales a cualquier mujer común y corriente. Por eso que hoy al ver a esas dos generaciones sentadas y compartiendo ese juego pensé en que en realidad mi madre no era tan diferente al resto de las señoras de su edad. Y quizá yo he estado equivocado todos estos años.
Me tumbé en el sofá para observar más detenidamente a esos dos personajes. Y pude observar que hay cosas en esta vida que nunca cambia: el rostro impasible y firme de mi madre, serena y fría en la ganancia y la derrota; y la mirada triste y desesperada de mi sobrino al no poder ganar a mi madre en ese juego.
Al verlos recordé aquellas tardes de los ochenta cuando jugaba con mi madre al ajedrez y yo lloraba porque no podía ganarle en aquel juego. Hasta que un buen día lo hice y desde entonces la gracia de jugar con ella desapareció. Ahora, disfruto cómo mi madre le gana todavía a su nieto en ese juego de caballos, reinas, peones y alfiles. En un acto de puro sadismo fraseo en voz alta varias veces ¡Quiero llanto! ¡Quiero llanto!, ¡Quiero llanto! lo cual hace que mi sobrino se recomponga y tome el juego como lo que es. Un simple juego.
Hay cosas en esta vida que no cambian, sino tan sólo los actores que participan. Y me imagino con los años quizás a mi madre jugando con mi hijo y así sucesivamente hasta que llegue un día en que ella ya no esté para acompañarnos en aquel juego que también es el juego de la vida. De esta vida que es siempre la misma para todos, pero con otros personajes, otras épocas. Espero que mi madre este todavía para que juegue el ajedrez con mi primer hijo y por qué no con el segundo y todos los que estén por venir. De ella aprendí que en la vida hay muchos juegos y que hay que aprender a ser un buen perdedor.
Gracias madre y espero estés aquí todavía ahora que a mis veintitantos años encima juego los momentos mas decisivos de mi vida. El de la estabilidad futura.
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domingo, mayo 06, 2007

EL PEDAZO DE CARTÓN

Cuando era muy pequeño mis padres compraron un libro de Lectura de la Editorial Santillana. El libro tenía por título “Senda 1, libro de lectura”. Y estaba creado para la enseñanza de la educación primaria. Tenía una estructura muy divertida, era toda una gran historia divida en 75 relatos. Lo peculiar era que podías leer cada título sin la necesidad de leer el anterior y no por eso dejabas de entenderlo.
El libro era excepcional, todos en la casa lo leíamos, los personajes eran tiernos y curiosos. Además la diagramación de los relatos eran bastante original, muy distinto a las figuras que hasta entonces habíamos visto en los otros libros de lectura. A pesar que el personaje que daba inicio a la historia era un tal Toni, su amigo Moncho, fue el que más popularidad tuvo en cada uno de nosotros. Tanto así que el libro se hizo conocido en la familia con el particular nombre de este personaje. Así, “El Moncho”. Solía pasar de una mano a otra.
Recuerdo que ese fue el primer libro que verdaderamente me hizo trasladar hacia ese universo conocido como fantasía. Con historias tan divertidas como las del “sueño de Moncho”, “Una extraña visita”, “La niña marciana”, y “El viaje a Marte”. Sin embargo, como suele suceder con los libros de la infancia, le perdí el rastro hasta que meses atrás mi hermano lo desempolvó no sé de donde y logré apoderarme de nuevo de aquel librito, que los años le habían hecho pasar la factura acostumbrada; pero que aún era útil sobre todo para lo que mi cerebro elucubraba en ese entonces. Como animador y promotor de lectura infantil, no podía desperdiciar un material que había formado parte de mi proceso lector.
La oportunidad llegó un día de febrero que mi fiel compañera y yo nos hallábamos en los preparativos de las sesiones del taller de animación a la lectura para niños. El objetivo era animar a leer desde otras formas de expresión escrita. El instructivo, fue el tipo de texto escogido para la sesión. Tenían que lograr confeccionar un sombrero de samurai de papelote, leyendo tan sólo las instrucciones del libro. Quizá no haya sido una tarea sencilla pero el reto estaba planteado. Sólo faltaba crear una historia que representada, hiciera comprender a los niños la importancia y utilidad de este tipo de textos.
Buscábamos un relato sencillo y luego de barajar varias posibilidades me acordé que “el Moncho” tenía una historia que nos podía ser de mucha utilidad, un relato cuyo nombre, en esos momentos, no lograba recordar. Ubicamos el libro y luego de revisarlo decidimos que el primer relato era genial. Tan sólo teníamos que hacerle unas adaptaciones y luego llevarlas a escena con un pequeño guión. El título de aquella historia era “el pedazo de Cartón”. Trataba de un cartón que deseaba ser una hermosa cometa y que después de varios intentos fallidos lograba su objetivo a manos de un pequeño niño, quien con la ayuda de un libro de instrucciones, que encontró en su biblioteca, tuvo las herramientas necesarias para hacerlo. Este último detalle fue un añadido nuestro. Había que resaltar la importancia del libro y la lectura en esta historia.
Las horas volaron y la sesión se realizó con mucho éxito. Mi fiel compañera apareció ante los niños disfrazada de cartón y mientras interactuaba con los niños yo me multiplicaba haciendo los otros personajes de la historia. Un doctor, un frutero y un samurai ingresaron a escena. Hasta quedarme representando al niño que transformaría al cartón en una hermosa cometa.
La representación causó impacto y la importancia de los libros de instrucción quedó tan clara que acabada la escena todos los niños se peleaban por tener el libro de instrucciones en sus manos. No faltó uno que al final de la sesión agarraba el libro y le exigía a su madre, que viniendo a recogerlo, le comprara un ejemplar similar al que se había utilizado en el taller.
Aquel día los 15 niños del taller lograron construir un bonito sombrero de samurai en base a la lectura de las instrucciones. Algunos tuvieron un proceso más lento que otros; pero para eso estábamos nosotros en el acompañamiento. Terminado lo más importante cada uno procedió a decorarlo como mejor pudo poniendo en práctica toda su creatividad. Se les proveía de goma, tijeras, y retazos de diferentes tipos de materiales. El resultado fue digno de una sesión de fotografía. Sin lugar a dudas fue una de las sesiones más logradas de todo el taller.

lunes, abril 30, 2007

“EL LAPIZ ROJO” DE JOSE WATANABE

“Antes yo llevaba mi cuerpo donde yo quería. Hoy es mi cuerpo el que me lleva a donde él puede llegar, que ya no es muy lejos. El cuerpo me impone sus reglas y a veces su lastre”. (José Watanabe)

No soy muy aficionado a leer poesía contemporánea. A pesar de que en varias oportunidades lo he intentado no logro engancharme con alguna de ellas. Las siento muy intimistas, como hechas para que sólo sean entendidas por quién las escribió. Un código secreto que no puedo quebrantar. Quizá el referente más cercano a esta poesía fue el poemario "Canciones de bar en la frontera" de Miguel Ildefonso, del cual todavía me acuerdo el poema "Cruz y Ficción", que leí con cierta satisfacción. Fuera de eso mis referentes siguen siendo todavía César Vallejo, José María Eguren, y Juan Gonzalo Rose, poesía monumental que aprendí a disfrutar gracias a mi hermana que en esos años de mi escolaridad cursaba sus años de estudio en lengua y Literatura en la Universidad Enrique Guzmán y Valle más conocido como la "Cantuta". Desde entonces siempre vuelvo a ellas, tanto así, que sé de memoria algunas y las aplico con mucho éxito en los talleres de animación a la lectura a los niños. Vallejo siempre es el más apludido de todos y es el que más disfruto interpretar.

Sin embargo en estos últimos días a poco de celebrar El Día del Libro, nuestro país se ha conmocionado con la noticia del fallecimiento de José Watanabe, considerado uno de los más grandes poetas peruanos de está época. No tuve la oportunidad de leer poesía alguna de José Watanabe mientras estuvo con vida. Conocía de su trayectoria por lo que se escribía de él en las secciones de cultura en los diarios. Sabía que era un gran poeta y que había escrito “Cosas del Cuerpo” pero no sabía que había ganado un premio y que su libro el “Guardián del Hielo” fue uno de los más leídos en España. Sabía que había escrito guiones de películas para el cine y la televisión pero no sabía que había escrito los de “Maruja en el Infierno” y “La Ciudad y los Perros.” Sabía que había incursionado en la dramaturgia pero no sabía que estuvo detrás de la versión libre de “Antígona” de Sófocles, interpretado por el grupo Yuyachkani. No sabía de eso y de muchas cosas más, que en esta semana de su fallecimiento he ido descubriendo en las múltiples manifestaciones públicas que han salido a la luz en diarios y páginas de Internet, de amigos y seguidores anónimos de su trayectoria. Lo que sé sin embargo es algo que descubrí de pura casualidad un buen día que me encontraba caminando por el llamado boulevard de la cultura, en el Jirón Amazonas, en el Centro de Lima. Una cuadra de numerosos puestos de libros y revistas en su mayoría de segunda mano y en donde uno puede encontrar una que otra reliquía que dificilmente encontrará en las librerías. Buscaba yo, libros infantiles para los talleres de animación a la lectura, y después de haber comprado una colección algo antigua de cuentos mágicos con hojas desplegables de la Editorial Norma, mis pasos se detuvieron en un libro chiquito y curioso, de tapa dura y hojas de cartón. Un cuento infantil lleno de dibujos y poquísimas palabras. El título del cuento era “El lápiz rojo” y lo encontré perfecto para una sesión de taller con niños pre-lectores. Era justo lo que me faltaba para los más pequeñitos. Pagué, sin pedir rebaja, lo que me pidieron. Llegué a casa y al revisarlo, con mi fiel compañera, decidimos incorporarlo al día siguiente que tocaba hacer taller. Al revisar el nombre del autor que había escrito aquel ejemplar nos dimos con la sorpresa que era José Watanabe. El artista, poeta y guionista se había convertido también en un promotor de Lectura Infantil.

lunes, marzo 12, 2007

La tía “Fast Food”

Dedicado a la gente del grupo QUILLA con quien hace algunos años empezé esta aventura.

Ocho y media de la noche, nos encontramos en una de las calles que da directo a la plaza principal de San Pedro de Cajas, distrito anclado en la sierra de Junín, cerca de la provincia de Tarma. La zona es oscura y los postes del alumbrado público no alcanzan al único letrero escrito a tiza donde se anuncia menú a precio de tres soles. El cuadro es de fotografía: ¿quién puede ver ese letrero en la noche?, nos preguntamos. Decidimos entrar y es así como empieza la historia, una entre las muchas que esconde este pueblo textilero que en décadas pasadas sufrió los embates de la violencia terrorista y a donde no llegaron las investigaciones recogidas por la Comisión de la Verdad y Reconciliación.
El letrero anuncia una serie de platillos que a la luz de nuestra hambre y desesperación se presenta como la mejor de las alternativas. Entramos y el lugar está lleno de mesas y sillas vacías. La ausencia de comensales hace presagiar que la atención será preferencial: rápida y al gusto del cliente. Nos atiende una anciana que calculamos de unos 70 años. Le preguntamos qué hay de cenar y nos dice que el caldo está listo y que del segundo hay todo lo que está en el letrero. Entusiasmados cada miembro del equipo pide el platillo de su elección. Algunos acostumbrados a las exquisiteces limeñas demoran en decidirse a escoger el platillo digno de aquella primera noche. Hecho el pedido nos acomodamos presurosos en nuestra mesa. El frío y el hambre acompañan a cada uno de los miembros del equipo.
Pasan cerca de media hora y sólo hemos recibido un plato de caldo que la misma anciana nos ha servido. Está algo desabrido y se nota que le han aumentado agua para que alcance para todos los clientes. Los minutos siguen pasando y el frío y el dolor de cabeza, hacen estragos en mi cuerpo acostumbrando al clima cálido y templado de la zona este de la capital limeña. Nos acercamos a husmear por la cocina y nos damos con la sorpresa que la anciana está sola y que a juzgar por sus actitudes recién está preparando los platillos que hace media hora le hemos solicitado. Nos miramos algo aturdidos y luego de comentar en voz baja forzamos una sonrisa y nos sentamos a esperar resignados. Es el único restaurante en todo San Pedro de Cajas que atiende a esa hora de la noche.
Después de más de una hora de espera los platillos llegan a nuestra mesa, una hora antes la anciana puso los cubiertos, una servilleta de papel bulki y un pote de plástico donde se encontraba algo de ají para sazonar la merienda. Cogemos nuestro plato y comemos presuros.La demora, el frío y el cansancio me han quitado el apetito. Hago un esfuerzo y termino mi cena, los otros miembros del equipo hacen lo mismo. Hemos llegado cerca de las siete y estamos saliendo cerca de las diez de la noche. La anciana se acerca y ella misma se encarga de cobrar por los platillos. El frío y el dolor de cabeza nos matan y al día siguiente nos espera una ardua jornada de trabajo. Nos despedimos de la anciana y le decimos que vamos a regresar. No es mentira. Lo haremos, es el único de los tres restaurantes que existen en todo el pueblo que atiende en la noche. Además le hemos agarrado cariño a esa anciana de vestimenta tradicional andina y de fortaleza envidiable; que atiende, sirve, cocina, y cobra en aquel solitario lugar en donde aparte de nosotros nadie más se acercó a consumir en toda la noche.
Los días siguientes, el equipo realizó las actividades programadas y a pesar de la odisea de la primera noche almorzamos en el mismo restaurante. La misma anciana nos atendió, aunque esas veces la espera ya no fue tan larga, uno de los miembros del equipo se encargó de perpetuarla con el apelativo de “la tía Fast Food”. (1)

(1) Fast Food: Palabra Inglesa que en castellano quiere decir “comida rápida o la carrera” y que sirve para denominar a los establecimientos que expenden comida lista y ya preparada.

martes, febrero 20, 2007

EL CHICO NUEVO

Este año aperturamos un nuevo taller de Lectura, esta vez dirigido a adolescentes de 12 a 15 años. Lo hicimos porque en años anteriores sólo habíamos trabajado con niños de 7 a 10 años. Y ante la insistencia de algunos padres de familia nos arriesgamos a abrir un taller exclusivo para esa edad. A pesar que ninguno de ellos se ha inscrito al taller, sí lo han hecho otros chicos con los cuales hemos comenzado un camino que tendrá un recorrido de diez sesiones, en donde el objetivo primordial es acercarlos a la lectura y a los libros de una manera placentera.
Es la segunda sesión y ha ingresado un chico nuevo algo extraño. Lo veo por primera vez y lo noto algo esquivo. Es de complexión gruesa y cuando habla tiene algunos problemas de vocalización. Le tomo un pequeñísimo ejercicio de lectura que logra pasar a medias. Me interesa saber cómo va su proceso lector. Ahora ya lo sé y comienzo a preparar algunas estrategias para esta sesión. Los otros chicos del taller lo miran con curiosidad. Es normal cuando ingresa un chico nuevo.
Me siento en los cojines que he preparado en el piso. Les doy la bienvenida a todos incluyendo al chico nuevo. Entonces me sincero con ellos y les digo que el objetivo de los talleres es “pasarla bien”. Pero claro, no haciendo cualquier cosa, sino leyendo sobre temas que nos interese o se relacione con nuestra vida diaria. Ellos asienten, siento que gano algo de confianza y veo los primeros gestos de aprobación. Me interesa evaluar al chico nuevo. Su actitud me intriga. Aprovecho el momento para hacer un primer sondeo. Les pregunto cómo se enteraron del taller y quién los obligó a venir de ser el caso. Escucho con atención algunas intervenciones espontáneas. Creo sólo algunas. La experiencia me ha enseñado que más del 70% viene por obligación. Total, a quién en esta parte del mundo le gusta leer. El chico nuevo me dice sin desparpajo que no quería venir y que lo ha hecho por obligación, pero que hasta el momento las cosas están yendo mejor de lo que esperaba. Me quedo estupefacto, pero no lo hago notar. No sé si tomarlo como un cumplido o como un acto de las más barata sobonería escolar. Le doy las gracias, pero le advierto que no se la crea tanto que la sesión todavía no ha comenzado. Los chicos se ríen y ya se ha roto el hielo de la segunda sesión. Entonces ya podemos comenzar.
El tema ha agradado a todos, hemos hablado y leído acerca del “arroz chaufa”. Su historia, sus orígenes, su preparación, sus secretos. El libro “Los chifas en el Perú” de Mariella Balbi, me ha servido de mucho y a los chicos les ha encantado. No sólo porque descubrieron que el arroz chaufa es peruano , sino porque apreciaron fotografías de platillos verdaderamente Chinos que para todos eran totalmente desconocido. Antes de concluir la sesión hago un sencillo ejercicio. En unos papelitos les pido que escriban tres temas que quisieran que se trate en el taller. Algunos no entienden a la primera. Es usual. No están acostumbrados a elegir. Les pongo algunos ejemplos y se les hace más fácil. Las ideas comienzas a brotar de esas cabecitas casi virginales para el pensamiento libre y la expresión sin censura. Cojo alguno de ellos y alcanzo a leer; “cuentos de terror”, “el cristianismo”, “novelas mexicanas”, “biografía de cantantes” y luego uno que en letras paleográficas alcanzo a descifrar: TERRORISMO. Volteo automáticamente la hojita para saber de quién se trata y confirmo lo que mi cerebro en segundos acaba de intuir. Es Aldo. El chico nuevo.

lunes, enero 22, 2007

¡Y se casó el Abuelo!

Suena la alarma del celular, es las 7 de la mañana. No quiero levantarme, estoy todavía exhausto. Pienso en las cosas que tengo que hacer: Atender en la oficina, actualizar algunos datos en la página web, revisar mis correos, enviar algunos, preparar el taller de lectura para los adolescentes; y claro, ir al matrimonio civil de un viejo amigo de la universidad que para colmo le decimos Abuelo. Doy mil vueltas en mi cama antes de decidir qué voy hacer. Ir al matrimonio no está en mis planes. Aunque no me ha dado parte de invitación, se ha esforzado en convencerme para que vaya. A eso hay que agregarle que no le he dicho nada a mi fiel compañera, y si se entera que hoy no iré a la oficina y la dejaré trabajando sola para ir a un matrimonio, sólo Dios sabe lo que pueda pasar.
Me ducho rápidamente, para colmo no he pensado en un traje adecuado. Es lógico, hasta hace unos minutos no tenía ni la más mínima intención de ir. Cojo un pantalón negro Jhon Holden, él único que me alumbra para esta clase de eventos, está algo sucio. Pero bueno, es negro, y nadie lo va a notar. Total, sólo estaré lo que duré la ceremonia. Por suerte tengo camisa limpia, una corbata adecuada y un saco algo veraniego.
Tomo la dirección: “Municipalidad de los Olivos”. ¿Dónde diablos quedará eso? –Me pregunto –.Mi hermana que algo conoce de ese sitio me da algunas posibilidades que escucho y agradezco en el camino a la puerta de salida. “Todos los caminos conducen a Roma” –dice siempre mi madre.
Estoy ahora en el colectivo, he dejado todo por ir al matrimonio. Estoy calculando el tiempo que me tomará toda esta experiencia. El taller de lectura con los adolescentes es a las tres de la tarde y debo estar antes para prepararlo. ¿Ideas? , no se me ocurre ninguna. ¡En el salón me las arreglo! – digo –. Y recuerdo al personaje que en la primaria dijo aquella frase, después de confesarnos que no había estudiado nada para el examen bimestral. Ya tengo que bajar del colectivo y suena el celular, es mi fiel compañera, pienso rápido qué le voy a decir, sé que tengo que decirle la verdad pero no quiero hacerlo ahora. Está haciendo unos talleres y no quiero malograrle la mañana.

– Aló
– ¿Isaac?
– Sí, aló – vuelvo a contestar, el colectivo hace mucha bulla y no logró escucharla muy bien.
– ¿Donde estás? – su tono de voz ha cambiado.
– Voy para Lima.
– Entonces de paso me compras uno materiales para los talleres – me dice tratando de parecer serena –.
– Aló?, qué materiales – me contesta algo y no logro entender –.
– Ya después hablamos – me dice y cuelga el teléfono –.

Por suerte el colectivo me deja al frente de la Municipalidad. Cruzo la pista, presuroso. Entro a la municipalidad y parece la oficina de una caja de ahorros. Qué feo lugar para casarse, pienso. Estoy a punto de dirigirme a recepción para preguntar, y una figura de baja estatura me pasa la voz desde un segundo piso. Es el abuelo. Subo y lo saludo. Viste un termo plomo, creo. Siempre tengo problemas con los colores. Está sencillo y por momentos me da la impresión que él no es quién se va casar. Me agradece mi asistencia. Me señala quiénes son las personas de su familia y quiénes son de la familia de su novia, quien por cierto todavía no ha llegado así como ninguno de mis compañeros de la Universidad.
La ceremonia me parece muy divertida. Una señora algo subida de peso dirige el momento. Es la funcionaria que representa al alcalde. Por la manera como habla se ve que ya tiene experiencia haciendo este tipo de celebraciones. Es amena y por momentos hay algunas irreverencias que causan gracia y risa entre los presentes.
Mi amigo está nervioso. Es natural. Contesta las preguntas de la funcionaria algo despacio, le hacen repetir. Se equivoca, causa gracia. Intentan besarse cuando todavía no está permitido. La gente se ríe, la señora que dirige también lo hace. Y luego viene el momento de los compromisos, la firma y las fotos. Cojo el celular y hago alguna toma. Acto seguido se anuncia las palabras de los familiares y de los testigos. La madre de la novia habla y solloza, su esposo que no es su esposo, en realidad es su padre, ósea el abuelo de la novia, le hace un gesto de desaprobación que todos escuchan. El acto es inoportuno pero causa gracia y la gente se ríe. Yo también lo hago. Luego vienen las palabras de los testigos. Uno de ellos me mira preocupado. Es el único compañero de la promoción después de mí que ha llegado a la ceremonia. Es testigo y no podía faltar.
Terminada la ceremonia me despido. Nos pide que regrese para un brindis en la casa de su esposa. Agradezco la cortesía, sé que no iré. No se lo digo por que he aprendido que ser demasiado sincero te lleva a la ingenuidad o a la imprudencia. Anoto la dirección y me despido deseándoles sinceramente lo mejor de este mundo.
Ya en casa me mudo de ropa y vuelo a la oficina. Mi fiel compañera está ligeramente seria, lo que es un buen síntoma y me hace suponer que llevaremos la fiesta en paz. Me siento en el sofá y me pongo a preparar la sesión de animación de Lectura con los adolescentes. Ella aparece y se sienta cerca de mí. No necesita decirme nada. Sé a qué ha venido. Entonces le cuento todo. Lo del matrimonio. Mi decisión a último minuto, lo de mi traje sucio, lo divertido que estuvo aquella ceremonia y del por qué no le dije nada. Entiende, me aconseja algunas cosas y asiento todo. Es el momento en que tiene toda la razón. Le digo que no volverá a pasar. Y dudo que me haya creído del todo. Luego se va almorzar. – ¿Me acompañas? – me pregunta. Le digo que no porque tengo que preparar la sesión. Se va, y me deja solo. La sesión es un éxito. Los chicos están motivados. Hay un niño nuevo, algo extraño. Descubro que le gustan mucho los videojuegos y comprendo por que su mamá lo ha matriculado. Se van todos y me quedo solo frente a la pantalla de mi PC. Me es inevitable recordar todos los detalles de aquella ceremonia. Fue corta, modesta y divertida. Si algún día decido casarme me gustaría que la ceremonia sea así, sobre todo divertida. Va más con mi personalidad. Aunque mi fiel compañera no creo que esté de acuerdo.
El abuelo fue el primero de la promoción de Historia del año 1995 que se ha casado. No pensaba ir y lo hice. Quizá el siguiente sea yo. De todas formas un abrazo chato y que te vaya bien.

jueves, diciembre 07, 2006

Las Paginas Libres que me prohibieron leer

Fue por el año de 1990 cuando culminaba el primer gobierno del entonces inefable Alan García Pérez, cuando las calles limeñas vieron surgir un diario de abierta oposición a la candidatura del FREDEMO. El diario se llamaba “Páginas libres”, el cual tenía por director a Guillermo Thondirke y su primer número veía la luz de la capital con el titular ¡Por fin, una buena noticia! “EL PERU YA TIENE QUIEN LE ESCRIBA”. Sin embargo la “buena noticia” duró muy poco, el diario salió de circulación muy rápidamente, creo que no duró ni un semestre. Sin embargo albergó dentro de su equipo de editorialistas, redactores y colaboradores a una serie de personalidades hoy muy reconocidos en los diferentes medios de comunicación y otras esferas de la intelectualidad peruana: Luís Jaime Cisneros, Diego García Sayán, Constantino Carvallo, Rocío Silva Santisteban y algunos más jóvenes como Beto Ortiz, Alfredo Barnechea y el hoy conductor del espacio deportivo “El Especialista”, Philip Butters, estuvieron dentro su plantel de colaboradores. Aquel diario traía los domingos, en su edición especial, los llamados “periolibros”: entrega de libros en formato de periódico, idea concretada que el escritor Manuel Scorza no pudo hacer realidad en vida. Esta iniciativa de facilitar el acceso a los libros fue bien acogida por mis padres, motivo por el cual se dispusieron adquirirlos ya que mi hermana mayor cursaba en esos años sus estudios de Legua y Literatura en la Universidad. El primer ejemplar se compró un domingo de marzo, día en que el diario traía el primer número de los periolibros. Cada uno se apropió de la sección con el cual más simpatizaba. Mi padre como de costumbre cogió la página principal donde aparecía las noticias locales y sobretodo de política, mi hermana mayor cogió el “periolibro” que ese día traía a “Redoble por Rancas” de Manuel Scorza y mi hermano y yo, acostumbrados a disfrutar de los suplementos infantiles cogimos el “Nazca Comic”, un suplemento infantil que aparecía en formato de historieta. La lectura de aquellas historias poco a poco provocó en nosotros explosivos ataques de risa que despertó la curiosidad sobretodo de mi madre quien al leerlas se horrorizó con las imágenes explícitamente eróticas y el lenguaje sórdido de las tiras cómicas. Lo que llevó a que nos ganáramos una fuerte reprimenda por haber tenido el atrevimiento de leerlas. Acto seguido el suplemento fue censurado y desterrado, a un lugar donde nada ni nadie debía siquiera tocarlo puesto que era un atentado contra las buenas formas y costumbres. -¡Nadie lo toca!- fue la consigna. Tiempo después llegué a saber que Nazca Comic perteneció al Grupo Nazca, generación de jóvenes historietistas que irrumpieron en la escena local con un humor ácido y un vocabulario algo sórdido que distaba sobremanera con todas aquellas historias que hasta entonces mi madre nos había hecho leer de niño. Todavía recuerdo a la historieta titulada “Vida mundana” que tocaba aspectos sórdidos de la vida cotidiana limeña y “Niños de la Calle” sobretodo esta última que era la historia de una realidad que en ese entonces reflejaba la situación de un país golpeado por la violencia, la pobreza y la exclusión: la historia de los “pirañitas”. Al final el suplemento llegó a parar al techo de mi casa sobre una vieja mesa que se mantenía en pie gracias al sostén de dos caballetes viejos que habían sobrevivido a los primeros años de la construcción. Nadie lo tocó. Con el viento llegó a parar al piso y día tras día lo vimos ponerse amarillo del óxido, soportando la inclemencia de ese verano electoral sin que nadie de la familia, ni siquiera mi padre, se atreviera a deshacerse de ella. Esto me hizo acordar a la moneda que, en “Redoble por Rancas”, se le cayó al Juez de primera instancia Francisco Montenegro y que a la orden del alcalde nadie del pueblo se atrevió a tocarla hasta que el mismo dueño la recogió al cabo de doce largos meses en que todo el pueblo giró ante ella.
Hoy, todo eso no es más que una anécdota del cual nos reímos cada vez que nos acordamos en alguna cena familiar. Así era el carácter de mi madre siempre mandando e impartiendo instrucciones a todos. Creo que hasta el día de hoy no ha perdido la costumbre sólo que ahora son menos las situaciones en las que puede ponerlas en práctica. Ya todos hemos crecido y sólo mi padre de cuando en cuando tiene que sortear con algún carajo esos ímpetus de cacica de Acos, con los que tuvimos que convivir todos esos años pero del cual al menos yo no tengo nada que reprochar.

jueves, noviembre 23, 2006

Anteojito y el placer de leer como jugando

Hace un tiempo atrás caminado por el centro de Lima me tope con una tienda de venta de libros y revistas al por mayor y menor. El lugar quedaba en una esquina del jiron Camaná cruce con la avenida Nicolás de Piérola, más conocida como La Colmena. Era un lugar desordenado y los libros y revistas se hallaban en distintos lugares del local, algunos lucían en estantes de madera, otros en escaparates, algunos en anaqueles de aluminio y una gran cantidad de ellos se encontraban apilados en el piso. Yo miraba uno por uno las colecciones de libros y revistas que tenían, buscando algo que llamara mi intención. Siempre he creído que la mejor manera de leer con agrado un libro es cuando lo adquieres por algo que te llame la atención, entonces no espero las horas de llegar a mi destino y me pongo a disfrutar de mi adquisición. Muchas veces el bus ha sido el lugar inevitable para comenzar tan apasionante lectura. Pero también muchas veces el bus ha sido el lugar donde me llevé grandes decepciones, sobre todo cuando el contenido no era lo que yo esperaba. Por que eso pasa, no toda lectura te puede llegar a gustar y por tanto no estas en la obligación de hacerla. Así observando estaba hasta que mis ojos se detuvieron en una sección de revistas para niños y no pude evitar reconocer una que había sido el deleite de toda mi familia y uno de mis primeros contactos con la lectura. Se trataba de una revista argentina llamada “Anteojito” y que mis padres la adquirieron semanalmente entre los años de 1980 hasta 1984. La compraban a un distribuidor de periódicos y revistas que vivía en un departamento arriba del nuestro en el tercer piso y que tenía un hijo con quién a veces compartíamos ratos de juego. El acercamiento con aquella revista llegó por intermedio de mi madre quien a finales de los años cincuenta había leído la también famosa revista argentina Billiken , del cual pariera años después al creador de “Anteojito”,García Ferré. Esta revista, llegaba en cantidades a los campamentos mineros de las empresas norteamericanas en la sierra central y servía de entretenimiento a los hijos de los ingenieros juntos a otras revistas como Kalliman, superman, etc. Mi madre que a pesar de ser era hija de un modesto panadero, le llamó mucha la atención aquellas revistas tan llenas de ilustraciones e historietas que llegó a leer y coleccionar gran cantidad de ellas. Es por eso que años después en una conversación que sostuvo con aquel vecino distribuidor, al preguntarle por aquella revista de su infancia, este le contó que al Perú estaba llegando una muy similar y cuyo nombre era “Anteojito”.
La revista era fuera de serie para la época, no sólo por que incluía juguetes para armar sino por que la variedad de lecturas, las más de ellas en forma de historieta, la hacían una revista familiar. Me acuerdo con que en ansias esperábamos todos aquella revista. A mi madre le gustaba leer la “Vaca Aurora”, la historia de una vaca que tenía como amo a un boticario (Chif), quién le hacía probar toda clase de experimentos con la ayuda de su flaco asistente Floripondio. Me acuerdo que nos leía en voz alta en la mesa de la cocina a la hora del lonche y no puedo olvidar esa particular forma de leer gesticulando sobremanera cada palabra y acentuando cada signo de admiración, característica que descubrí que no había perdido años después, cuando la escuche de casualidad esta vez ante uno de sus nietos. Yo tenía 5 años cuando comencé a escuchar y a leer algunas de aquellas historietas. Mis preferidos eran uno sobre las aventuras de “Calculín”, un niño muy inteligente y gracioso que tenía la cabeza en forma de libro y la otra era la historia de “Pelopincho y Cachirula” dos niños grandes en donde el carácter arrebatado de Cachirula hacía terminar la historia persiguiendo a su compañero. Si bien cierto que la mudanza hizo que mis padres dejarán de comprar aquella revista, varios números de ellos sobrevivieron y se terminaron de leer conforme pasaron los años. Es así que tiempo después disfruté mucho con las historias de “Rinkel el ballenero”, “Anteojito y Antifaz”, “la terribles yes yes”, y la siempre tierna y divertida “Pícara Sandrita”.
Poco después, mi curiosidad me llevó a saber que “Anteojito” fue una revista emblemática de Argentina que se mantuvo en el mercado durante 37 años desde 1964 hasta 2002, siendo su mejor época según la crítica especializada toda la década del 70 hasta los primeros años del 80, justo en los años que mi familia las empezó adquirir hasta antes que me mudé de residencia al modesto distrito de Ate Vitarte. También descubrí que compartió el liderazgo con Billiken, convirtiéndose ambas, en las revistas que marcaron la generación de muchos niños argentinos. Antes de escribir estas líneas me sumergí en la red y descubrí una diversidad de páginas acerca de esta revista, desde estudios que abarcan toda la trayectoria hasta foros donde se organizan debates para determinar cuál de ellas (Anteojito o Billiken) fue la mejor. Y entonces pude encontrar las respuestas más divergentes, desde las apasionadas defensas sentimentales de una y otra revista, hasta las críticas analíticas de que Billiken era "proge" y Anteojito "franquista", de que Billiken era “lujo” y Anteojito “enciclopédico”. Yo nunca tuve la oportunidad de leer Billiken, no sé si fue mejor o no que Anteojito, solo sé que con “Anteojito” me divertí con sus juguetes y leyendo sus historias. Para mí su lectura fue un delicioso placer que disfruté como jugando.

viernes, octubre 27, 2006

La Guerra no está perdida

No me acuerdo exactamente cuantos años tenía cuando cogí mi primer libro, pero debe haber sido cuando era muy pequeño puesto que mi familia contaba con una modesta biblioteca con un estante de libros y algunas repisas que hasta el día de hoy han soportando a la inclemencia de los años. Sin embargo nunca tuve ante mis manos los libros que hoy veo en las librerías modernas de la capital. Precioso libros de todas las marcas y modelos. Quizá no existían o tal vez mis padres desconocían su existencia. A mis manos cayeron sin embargo otros tipo de libros y revistas, del cual tengo muchos recuerdos y hasta hoy algunos conservo. Todavía recuerdo un diccionario infantil que me llamaba mucho la atención por que podía encontrar los significados de los nombres y eso despertaba mi curiosidad. Como olvidar también unas revistas de argentina llamada “Anteojito” que venía con juguetes para los niños y con historietas para todas las edades en su interior. Mi preferido era una donde el personaje principal era del nombre del la revista “Anteojito”, mi madre en cambio prefería la historieta de la “Vaca Aurora” y mis hermanos mayores disfrutaban con las aventuras de “Rinkel el ballenero” y “Pelopincho y Cachirula”. Más tarde llegaron las historietas de “Marcos”, y el “Tamborcillo Sardo” relatos que nos gustaba releer cuando ya nuestras edades estaban para comenzar otro tipo de lectura. Como olvidar un cuento para niños de 6 años sobre los “Músicos de Bremen” y que una de mis hermanas todavía releía a los 15 años a pesar de la burla de mi hermano y yo. No se, pero regresar a ellas siempre era un deleite. Un deleite que adquirí sin darme cuenta gracias a mis padres que me contagiaron el gusto y el hábito por la lectura. Tanto, que años después, armé mi propia biblioteca del cual ahora me siento orgulloso y conservo como un bien casi sagrado. Por eso que cuando años después surgió la idea de trabajar en promoción de lectura no lo pensé dos veces y encamine mis esfuerzos en una tarea del cual creía yo que podía aportar desde la experiencia. Ahora me encuentro realizando talleres de animación de lectura para niños de todas las edades, incluso para los que todavía no saben leer. Y es en este andar que descubrí la enorme variedad de libros que para cada edad existen en el mercado. Libros de todos los tamaños, colores y hasta olores. Libros musicales, libros rompecabezas, libros mochila, libros tridimensionales y toda una serie de alternativas que yo desconocía totalmente y que me alegré sobremanera al descubrirlo.
Hoy, al utilizar estos libros en las sesiones de animación con los más pequeños es sorprendente las reacciones que uno puede encontrar. Lo tocan, lo huelen, lo abren y si por allí encuentran un elemento accesorio como música, dibujos grandes y vistosos la curiosidad aumenta y el deseo de saber de que se trata, sin saber leer todavía, se percibe, casi casi como algo atmosférico. Y entonces las palabras me salen, las ganas me sobran, y el proceso de aprendizaje se desarrolla con naturalidad. Cuando observo a los pequeños coger esos libros con tanta admiración me doy cuenta que la guerra no esta perdida. Qué las generaciones de ahora no es que lleven la animadversión por el libro y la lectura como una carga genética y que las nuevas tecnologías del entretenimiento han suplantado totalmente esta también placentera actividad. Creo que hay salidas para poder revertir la situación crítica en que nos encontramos y pasa por redefinir el rol que tienen la familia y la escuela en el aprendizaje de nuestros hijos. La televisión, los videojuegos y el Internet no nos han vencido. Un libro de esos que mencioné anteriormente no cuesta lo que muchas familias gastan en licor y otros menesteres en un mes y en algunos casos en un día. Solo es cuestión de conciencia. Todavía se sigue creyendo que la educación de los hijos solo le corresponde al maestro y la escuela. Y es por eso que los padres de familia hacen lo posible por enviar a sus hijos a un colegio privado aunque este muchas veces no reúnan los requisitos de infraestructura y peor aún de nivel académico adecuado. Creen que con eso han resuelto el problema de la educación de sus hijos Y no hay conciencia que el aprendizaje es un proceso en el que intervienen diversos actores donde la familia juega un rol muy importante. No basta con pagarle la pensión del colegio, tu rol como padre no es de ser un dispensador de dinero. No basta con regalarle un libro a tu hijo, por más bonito que este sea, la tarea es leer con él, contarle la historia si todavía no sabe leer. Tu rol es acompañarlo en su proceso de aprendizaje recuerda que el primer promotor de lectura son los padres. Conmigo funcionó.