domingo, octubre 12, 2008

No debía irse

Llego a casa de noche como casi todos los días de la semana. Hace frío, llovizna y me da unas ganas inevitables de fumar unos cigarrillos. No tengo el hábito compulsivo de fumar. Nunca lo he tenido; pero, la noche, el frío y la lluvia de cuando en cuando son el pretexto perfecto para hacerlo. Tampoco tengo una marca preferida de cigarrillos. Aunque, en alguna época preferí mucho el Lucky Strike y otras veces el Premier. Nunca me aferré a ninguno de ellos y mi predilección momentánea se esfumó de la misma forma que desapareció mi incipiente adicción. Aprendí a fumar cuando salí del colegio. Antes de eso siempre fui un ganso para todo. Del colegio aprendí muy poco en realidad; de conocimientos, casi nada; de la vida, algo más. De lo primero porque tuve profesores malísimos y mediocres, y no es que quiera buscar responsabilidades fuera de mí. Vengo de una familia de educadores y sé de lo que estoy hablando. Tuve profesores malísimos y mediocres. Esa es la realidad. De la vida en cambio aprendí algo más, pero nunca lo suficiente porque no tuve los huevos para meterme en cosas que en casa me dijeron que no se debían hacer. Aunque alguna vez hice alguna travesurilla, nunca fue algo de gran impacto. Lo más trágico que hice fue escribir unas historietas indecentes que mi profesora por mala fortuna descubrió, y que puso en tela de juicio mi reputación y mis buenas notas que hasta ese entonces solía ostentar. Fue una tragedia para algunos profesores, sobre todo para las maestras. Recuerdo que la más maternal de ellas me recomendó un especialista. Creo que de todos los consejos que me dieron ese fue el más acertado y del cual todavía hoy siento no haberle tomado demasiada importancia. Sin embargo, lo que más me dolió fue que la profesora se quedara con todo ese material que era producto de mi imaginación, una imaginación algo perturbada pero mía al fin de cuentas.
Pero volviendo al tema de los cigarrillos debo decir, sin embargo, que en casa nadie fuma. Nunca lo han hecho. Las pocas veces que vi fumar a mi padre fue cuando de niño me curaba del mal de aire; y a mi madre, que siempre padeció de una molestia crónica en la garganta, sólo la vi fumar cuando falleció mi abuela, en el velorio que se realizó en un pueblito al interior de la sierra, donde todavía se respiraba el aire limpio y la vida era más estacionaria, fría y algo triste.
Como no tengo el hábito de fumar, es obvio que no tengo cigarrillos en casa ni tampoco encendedor. Así que cada vez que se me antojan algunos tengo que salir a la tienda a comprarlos, lo que alcance con el sencillo que pueda tener en la billetera. Como tampoco tengo encendedor, prendo el cigarrillo con la estufa de la cocina, cuidando de no quemarme el cabello, ese que alguna vez por un acto de rebeldía sin causa me hice crecer desmesuradamente. A veces amenazo a mi novia con dejármelo crecer nuevamente. Ella no quiere y me dice que si lo hago me lo cortará mientras duerma, como lo hizo Dalila con Sansón, salvando las distancias, por supuesto. Y recuerdo entonces mi viejo libro de Historias Bíblicas, uno de tapa dura color amarillo y que releía con cierto placer cuando era muy niño.
Cada vez que se me ocurre prender uno de estos cigarrillos, lo más saludable para mí es subir a la azotea de mi casa y fumarlos todos, mirando la vieja calle, exactamente igual a como lo hacía hace veinticuatro años atrás, cuando llegué por primera vez a vivir a ese barrio desolado y con el sonido imperturbable de los grillos. Desde entonces sólo han cambiado tres cosas: la casa, mi edad y la compañía. Con el cigarrillo entre los dedos pienso en muchas cosas, la mayoría de ellas trivialidades, pero esta vez una imagen se ha detenido en mi mente a mi llegada. Es la foto de mi hermana muerta. La reconocí ni bien puse los pies hoy en la sala. Estaba con su traje de marinerito a rayas color naranja, exactamente igual a como la había visto hace muchos años atrás, cuando de niño mi madre nos contaba la historia de su vida y su trágica muerte. En esa época también nos enseñó la misma foto; pero, a diferencia de ahora, nunca sentí la cercanía que da la sangre. Ese rastro familiar inconfundible ¿es acaso la mirada de los treinta años?, ¿es acaso la mirada del tío que ha visto crecer a sus tres sobrinos? Podía ver en ella algo de cada uno de ellos, de mis hermanos, de mi padre y de mi madre. Fue una hepatitis la que terminó con sus días. Mi madre casi enloqueció y sus cabellos de un día para otro empezaron a encanecer. Tenía sólo cuatro años. Fueron días difíciles para los viejos. Por supuesto todo esto aconteció mucho antes de que yo naciera, cuando los planes de tener un hijo como yo no estaban ni en lo más cerca de las probabilidades. A veces pienso que Dios juega con la tierra como un viejo dado roído y ya redondo, de ese que hablaba Vallejo en los “Dados Eternos”, sin la menor idea de los que deben irse y los que deben quedarse.
Ahora la niña está en un cuadro en la sala. Por alguna razón que no lo sé. Mis padres después de tantos años lo han desempolvado de su cajón de los recuerdos. Se ve angelicalmente bella y no puedo olvidar el gesto de ternura que logró arrancar de mi padre, que a sus casi ochenta años, lo escuché decir con cierta nostalgia: “Ella siempre será mi chiquita”. Definitivamente no debía de irse.

7 comentarios:

Rocio dijo...

Un texto que me ha conmovido mucho porque fui parte muy cercana de su historia y justamente comentando con Vladimiro sobre la foto le decía "A veces siento que me hace falta" y claro hoy a pesar de los años pienso que mi a veces crìtica inseguridad seguramente debio echar raíces en la perdida de mi primera compañera de juegos .. pero obviamente ella siempre estará porque nosotros y eso lo sabes bien nunca la dejamos ir del todo... gracias por el texto

Jimmy dijo...

Muy interesante la historia siempre con tu estilo sencillo y profundo acompañado de una dosis de ternura conmovedora.

Bien Isaac.

Jimmy dijo...

Muy interesante la historia siempre con tu estilo natural y profundo acompañado de una dosis de ternura conmovedora.

Bien Isaac.

Efraín dijo...

Yo por aquel entonces tenia unos 11años y tu papa me había inculcado el amor por la historia y si la menoría no me falla el ya era director del colegio donde yo estudiaba, la tragedia que afecto tu familia, es uno de mis recuerdos mas vividos, por el dolor que causo en tus padres y por la cercanía que tenía mi familia, yo como alumno suyo y mi padre como su amigo y colega

Pocos hechos de nuestra vida nos retornan regularmente al pasado y esa dolorosa circunstancia y el cariño a tu padre ,siempre estarán en mi, un saludo para el





efrain

Anónimo dijo...

Este es uno de los textos que mejor me ha gustado a los largo de tu carrera como escritor, Isaac. Espero algún día leer un libro tuyo. Danos esa oportunidad de eternizar tus historias en nuestro corazones.Muy aparte de si sea reale o no lo que nos cuentas, ese estilo tuyo es sin igual.

Anónimo dijo...

Interesante el estilo que utilizas en la presentación del texto, la pérdida de un familiar cercano es una de las experiencias más dolorosas, toda la carga emocional que tiene el texto refleja ese sentimiento.
Muy buen post promoción.
Edson

Anónimo dijo...

Esta historia me a hecho llorar. La perdida de un ser querido es lamentable pero hace que personas como tu valoren quienes han sido los que se han ido.