lunes, enero 28, 2008

Verano, Calor, perro y pulgas.

Los días de verano son insoportables por tres razones primordiales: el extenuante calor, el perro de mi hermano y las pulgas de su perro.
Con respecto al perro debo decir que nos llevamos muy bien en los meses de invierno. Yo permanezco en mi habitación y él en su casita acondicionada en la azotea, lugar tranquilo y acogedor, rodeado de innumerables plantas exóticas que mi madre ha ido coleccionando desde hace muchos años. A veces no logramos vernos por muchos días hasta que por alguna coincidencia nos cruzamos a la salida de la casa, cuando llego del trabajo y él sale a dar el paseo rutinario que mi hermano le da a razón de tres veces al día. Mi hermano dice que los animales deben de tener por los menos esa cantidad de alegrías al día para evitar que se estresen. Entonces es cuando siento envidia por el perro y pienso que mi fiel compañera debería hacer lo mismo conmigo.
Sin embargo, el problema con el perro de mi hermano llega en el verano. El calor insoportable causa trastornos no sólo a mis padres y hermanos sino sobre todo al perro que debido a su frondoso pelaje, producto de su raza, huye despavorido a los pisos contiguos de la casa, paseándose por las habitaciones y los pasadizos como un integrante más de la familia. Los sábados y domingos, que son los días que suelo permanecer más tiempo en casa, no es casualidad encontrarlo cerca de la habitación de mi hermano o dentro de ella. Otras veces lo encuentro en la habitación de mis padres, despanzurrado al pie de la cama mientras mi hermano y el viejo miran la televisión. Y en algunas ocasiones suelo encontrarlo por las noches al pie de la mesa del comedor, mientras alguien de la familia disfruta de la cena del día. Entonces le digo a mi madre que uno de estos días no me va sorprender encontrar al perro de mi hermano tumbado en el sofá de la sala leyendo el periódico o viendo la televisión. Mi madre se ríe y me dice que deje al animal en paz, que ella misma ha visto que mi hermano acaba de bañar al perro echándole el medicamento antipulgas que le ha aconsejado el veterinario, algo que yo me resisto a creer porque ni bien llego empiezo a sentir el pequeño aguijón que estos odiosos animalitos hacen en algunas partes de mis piernas, seguido de un escozor que me han hecho perder la paciencia en más de una vez. Mi madre encuentra la explicación diciéndome que todo se debe a que tengo la sangre dulce producto de la demasiada azúcar que suelo echarle a algunos alimentos. Aunque yo no le encuentro relación alguna siempre olvido preguntarle al médico si el azúcar tiene algo que ver con que las pulgas de mi perro decidan hacer de mis piernas su segunda alternativa de alimentación.
Le cuento todas estas cosas a mi fiel compañera, le hablo del perro de mi hermano de sus pulgas, del extenuante calor; pero ella sólo me escucha, debe de estar cansada de las mismas quejas mías durante el verano. A ella le agradan los animales, tuvo uno pequeño hace algún tiempo que murió de una manera dramática. Lloró a mares. Por eso evita opinar sobre el perro de mi hermano. Ella me dice que el problema es el calor, me aconseja que compre un ventilador. Reniego. Le digo que no quiero un ventilador, que quiero un cómplice, alguien que me ayude a desentramar esta confabulación en mi contra. Me dice que no hay tal confabulación, que la solución es el ventilador. Me empecino y digo que sí existe tal confabulación, que estoy a punto de descubrir el misterio. Le explico mi teoría. Le digo que estoy seguro que mi hermano me odia, que verdaderamente no baña al perro como dice mi madre o si lo hace, porque ella jura que lo ha visto, no le hecha el medicamento antipulgas por tacaño. Por tacaño y porque me odia. Ella me dice que eso no puede ser, que mi hermano es una buena persona, que una mala persona no cuidaría así a sus animales. Entonces dudo y le digo mi segunda teoría, que es el perro quién me odia, que a propósito se rasca cerca de mi habitación para dejar esos odiosos animalitos y conseguir que se suban en mis piernas provocando de esta manera que esté el mayor tiempo fuera y él se despache a su gusto por todos los rincones de mi casa. Ella me vuelve a decir que eso no es posible; no sólo porque estoy demente para pensar algo así, sino por la razón lógica que también les subiría las pulgas a mis padres o mis otros hermanos. Cosa que no suele ocurrir. Entonces le digo mi tercera teoría, la más descabellada de todas. Que son las pulgas las que me odian, que hacen esto en represalia porque mi hermano, a raíz de mis quejas, baña más seguido al perro y le hecha el medicamento antipulgas, consiguiendo que muchas de ellas estén muriendo. Entonces siento que esto último tiene más lógica, que esto explicaría que mi madre no miente cuando dice que ve a mi hermano bañar al perro, que mi hermano no me odia y que el perro tampoco. Cómo podría ser, si el perro es el mejor amigo del hombre. ¡Que idiota debo estar para haber pensado algo así! Ella me dice que estoy delirando, que me están haciendo daño las pastillas que diariamente tomo para dormir, que debo dejarlas y que me compre el ventilador. No le hago caso. Como no lo hago en muchas de las cosas que dice. Me dice que el tacaño soy yo. Le digo que tengo una mejor idea a la del ventilador para solucionar el problema del calor, que a partir de ahora dejaré la puerta de mi habitación abierta para que se ventile. Sobre las pulgas, que iré a preguntar a un veterinario un medicamento más efectivo. Ella asiente, pero mantiene la idea del ventilador.
Al día siguiente pongo en práctica mi plan. Dejo abierta la puerta de mi habitación para que esté mejor ventilado a mi llegada. A la salida del trabajo voy a un Pet Shop de un conocido centro comercial. Le cuanto mi drama de las pulgas al vendedor. Al chico le causa gracia, a mí no. Lo nota en mi rostro y me receta una fórmula infalible acompañado de otras recomendaciones, justo lo que yo necesito para tener algo de autoridad cuando me enfrente a mi madre, mi hermano y su perro. Llego casi excitado a casa con la fórmula que considero casi mágica. Antes decido ir a mi habitación para dejar unas cosas y sentirme más fresco antes de comenzar la batalla. Ingreso y es entonces cuando siento un olor nauseabundo que me invade. El rastro es inconfundible, prendo la luz y busco inmovilizado por las partes bajas de mi dormitorio la huella del delito que en unos segundos alcanzo a ver. La prueba yace esparcida al pie del cesto de ropa sucia. Algunas gotas que han alcanzado al piso y la pequeña alfombra están ya secas. Me quedo paralizado. Estoy exhausto por el trajín de hoy día, el calor, la risa idiota del veterinario, el perro de mi hermano, las pulgas de su perro y ahora esto. Ya no tengo fuerzas para pelear. Voy a su habitación y le digo que tiene un trabajito en el mío. Su perro se acaba de orinar.
Ahora estoy convencido que quien verdaderamente me odia en esta casa es el perro de mi hermano. Mañana compraré el ventilador.

1 comentario:

Richard dijo...

Yo creo que el perro te odia, los animales sienten esas cosas, un cambio de actitud hacia el ayudaria mucho. Por lo demás comprate un baigon...